domingo, 25 de agosto de 2013

Cómo mejorar tu productividad... ¡y tu felicidad!

Seguramente habréis oído hablar en muchas ocasiones de la productividad, y no siempre en términos positivos. De hecho, en numerosas ocasiones se trata el concepto de productividad como esa herramienta que utilizan los empresarios para ganar más dinero a costa de sus empleados. Es probable que también hayáis oído hablar de la productividad en esas infames encuestas en las que se muestra que el rendimiento laboral en España es inferior al del resto de los países europeos: trabajamos más horas pero nuestra productividad es menor. Y es que la productividad es, precisamente, mejorar el rendimiento laboral para ganar más dinero en un menor periodo de tiempo; aplicado al autónomo, esto implica que podamos trabajar menos horas sin que repercuta negativamente en nuestros ingresos.

Hasta hace poco, a mí me importaba un pimiento la productividad, quizá porque no tenía tanto trabajo propiamente dicho (es decir, de estar traduciendo) como para preocuparme de si tardaba más o menos tiempo. Y probablemente a vosotros, que estáis empezando, os pasará lo mismo: ya estáis felices con solo estar trabajando que os dará igual quedaros hasta las nueve de la noche frente al ordenador. Pero cuando te apoltronas (cosa que sucede más rápido de lo que os pensáis) y te acostumbras a tener varias horas de trabajo por delante al día, te empiezas a plantear algunas cosas. ¿Verdaderamente merece la pena estar todo el día trabajando por X euros? En principio puede parecer mucho dinero, sobre todo si acabáis de empezar, pero a eso hay que restar el 20 % de impuestos, la cuota de la Seguridad Social, los gastos derivados de tu trabajo... y entonces ya empiezas a tener dudas. ¿Por qué trabajar por X euros cuando, en el mismo tiempo, podría estar ganando 2X? ¿O por qué trabajar hasta las siete de la tarde cuando podría, perfectamente, terminar a las cinco y pasar el resto de la tarde con mis amigos, mi pareja o mi familia? Es muy fácil conseguirlo si se mejora la productividad siguiendo estos cinco pasos:

1. Fijarse unos objetivos. Como ya os he comentado con anterioridad, la capacidad de organización es fundamental en los traductores. Por ejemplo, si tenemos un proyecto de 10 000 palabras y lo tenemos que entregar de aquí a cuatro días, está claro que tenemos que traducir 2500 palabras al día. Por lo tanto, nuestro objetivo va a ser traducir esas 2500 palabras al día. Los objetivos que fijes son objetivos que hay que cumplir, sí o sí. Y os lo dice probablemente la persona más perezosa del mundo: lo pospongo absolutamente todo, excepto el trabajo. Pero los objetivos no tienen por qué ser solo de proyectos que se tengan que entregar: también pueden ser facturas que tengas que registrar, o determinado cliente con el que quieres contactar, o esa declaración de la renta que tenéis pendiente. Llevad un calendario en el que vayáis apuntando vuestros objetivos diarios; puede ser físico o virtual (por ejemplo, yo lo llevo en Outlook, pero hay muchas otras herramientas útiles).

2. Establecer tus prioridades. Cuando en un mismo día se acumulan varios objetivos, está claro que hay que empezar por un de ellos, pero, ¿por cuál? Por eso hay que aprender a priorizar unas tareas sobre otras. ¿Cómo se sabe cuál es la más importante si todas lo son, por ejemplo, si son trabajos que hay que entregar? Bueno, no hay que ordenarlas estrictamente por su importancia, sino por otros factores. Está claro que el primero es la urgencia si la fecha límite es cercana, pero cuidado con posponer demasiado otras tareas que en un principio no corrían prisa, porque puede que al final os pille el toro. Un método para establecer prioridades que yo utilizo mucho es el de la dificultad: las traducciones de textos más difíciles las hago primero, mientras que las de los textos más sencillos vienen después. Esto se debe a que es mejor traducir aquellos textos más especializados o de mayor complejidad cuando se está más fresco, que es a primera hora de la mañana. Así, dejamos los trabajos más sencillos para cuando estemos más cansados y no nos apetezca (o no podamos) hacer grandes esfuerzos mentales.

3. Especializarse. Aunque yo no soy partidaria de especializarse radicalmente nada más salir de la universidad, sino a medida que vas consiguiendo experiencia laboral que te permita fundamentar esa supuesta especialidad en la base de la experiencia real como traductor, una vez te hayas especializado en uno a varios ámbitos determinados mejorarás tu productividad enormemente. Es sencillo: cuanto más conozcas una especialidad, menos te tienes que documentar y más rápido traduces. No es lo mismo traducir 300 palabras por hora que 600: estás ganando el doble de dinero en el mismo periodo de tiempo. Traducir en ámbitos de especialidad que desconoces hace que vayas mucho más despacio, por lo que tendrás que trabajar más horas para conseguir el mismo resultado. Y, como yo soy de las que piensa que la especialización se consigue trabajando, los resultados los irás viendo a largo plazo a medida que vayas cogiendo experiencia. Llegará un momento en que las traducciones especializadas te salgan como churros.

4. Fijar las tarifas adecuadas. El mejor truco para saber qué tarifas fijar es pensar cuánto quieres ganar y, a partir de ahí, calcular la tarifa que tienes que aplicar. Por ejemplo, yo suelo partir de mi tarifa por hora para hacer los cálculos de la tarifa por palabra según la especialidad del texto. Si el texto es de una especialidad que solo me va a permitir traducir 300 palabras por hora, lo lógico es que la tarifa por palabra sea superior a un texto general (o de una especialidad que domine) del que puedo traducir 600 palabras por hora. Pero cuidado al calcular ese dinero que queréis ganar por día o por hora, pues hay que tener en cuenta muchas cosas: además de todos los gastos fiscales que ya conocéis, es muy posible que os paséis varios días sin recibir nada de trabajo, por lo que hay que hacer los cálculos con cierto margen. Si en una semana buena ganáis lo que pensabais que ibais a ganar en un mes, no os llevéis las manos a la cabeza y os creáis montados en el dólar: es probable que con lo ganado esa semana tengáis que aguantar todo el mes. Esta es la razón por la que muchas agencias ofrecen tarifas inferiores para proyectos a largo plazo: puede que os paguen poco, pero al menos os dan la estabilidad de que vais a tener unos ingresos fijos durante varios meses. Eso sí, a la hora de aceptar estas ofertas hay que ser realista y calcular cuántas horas al día hay que trabajar para ganar determinado dinero. Está claro que trabajar 10 horas al día por 2000 € brutos al mes (es decir, 1300-1400 € netos, si restamos impuestos y Seguridad Social) no merece la pena. Calculadlo: no llega a 6 € la hora.

5. Concentración y fuerza de voluntad. Las redes sociales son el mayor peligro del autónomo, sobre todo en nuestro caso, que estamos todo el día frente al ordenador. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para no entretenerse con todas esas tentaciones que disminuyen nuestro rendimiento. Una buena forma de evitar perder el tiempo en tonterías es ponernos objetivos por horas. Por ejemplo, de 10 de la mañana a 12 del mediodía, traducir 800 palabras; hasta que no hayamos terminado esas 800 palabras, no dejaremos que nada nos distraiga. Si hemos terminado las 800 palabras antes de las 12, entonces podemos darnos el capricho de cotillear en las redes sociales o de responder ese Whatsapp que nos mandaron hace una hora. Los premios siempre funcionan, ¿no?


A todos nos ha pasado que nos levantamos por la mañana y, simplemente, no nos apetece nada trabajar, sobre todo si estamos en medio de un proyecto que no nos motiva nada. La desmotivación posiblemente sea el gran rival de la productividad, puesto que no es algo contra lo que puedas luchar. Cuando se está desmotivado, es difícil acabar con ese círculo vicioso de pocas ganas de trabajar más falta de trabajo que nos motive. En este caso, lo único que podemos hacer es buscar un incentivo a lo que hacemos: si es solo por motivos económicos, piensa en lo que podrías hacer con ese dinero que ganes, por poco que sea; si tienes poca experiencia, piensa en lo que ese proyecto puede suponer para tu currículum. Cualquier cosa para acabar con esa mala racha. Eso sí, las etapas de desmotivación deberían ser algo momentáneo y transitorio, para un proyecto determinado. Si tu racha de desmotivación está durando más de lo que debería, quizá deberías plantearte que lo que te desmotiva no es ese proyecto, sino esa especialidad de traducción. Lo más importante en traducción es que te guste lo que haces: si no, no solo no serás productivo, sino que tampoco serás feliz. Busca aquello que te apasione y... ¡adelante!

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